Como por ensalmo.

Saludos a todos.

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Siempre ha existido y existirá la necesidad de buscarse la vida.

“Buscarse la vida”, queda emplazada esta frase, con una gramática rara para analizar, referente a las personas que agudizan todos los parámetros que tienen a su alcance para salir adelante en esta desequilibrada vida (unos tanto y otros tampoco). Palabras contemporáneas, que no han quedado nunca atrás, incluso en los mejores tiempos habidos, pero siempre van adheridas a las personas que miran al horizonte de frente, y utilizan sus recursos, sí, van intrínsecamente unidas a las personas que son “buscavidas”.

…Matías había enfermado, su tos era cada vez más frecuente, la noche había sido muy larga, pero tenía que esperar a que amaneciese para hacer el encargo de que le trajesen ese jarabe que necesitaba.

…Ana María, no podía viajar porque no tenía posibles, pero necesitaba un trozo de tela de color blanco para hacerle una camisa nueva a su hijo pequeño, había crecido.

…Margarita se había quedado viuda, y no tenía ilusión por nada, pero sus hijos sabían que los alpargates rotos que llevaba le podían ocasionar alguna caída, así que encargarían unos nuevos para ella.

La vida es fácil, otras veces es complicada, y es cierto que casi todo ha avanzado en cuanto al comercio y la distribución; hoy en día existen muchas empresas que se dedican a tal menester, pero esto ya estaba inventado y en Carboneros, colonia de las NN. PP. de Sierra Morena, hubo una mujer que se dedicaba a tal oficio. No se llamaba Amazón, ni tenía cualquier otro nombre conocido referido a tal ocupación, ella trabajaba a una escala menor, no por ello menos importante en su labor, ella era conocida como “Carmen, la tuerta”. Esta mujer dedicaba su tiempo a buscarse la vida, viajando a las poblaciones más cercanas para adquirir aquellos encargos (jarabes, telas, alpargates, etc.), que le pedían los vecinos de Carboneros, y así, de esa manera sacar unos “cuartos” para vivir.

Mujeres, sí, mujeres luchadoras, en su afán de plantarle cara a la vida, en su inquietud de no mirar atrás sin saber que a la conciencia, a veces, es mejor no darle paso, y dejar que el optimismo inunde cada uno de sus anocheceres y cada uno de sus despertares. Como por ensalmo, olvidamos a los que han quedado atrás, obviando que construyeron los pilares sobre los que debemos seguir edificando nosotros con todo el respeto que se merecen. Todo está inventado, pero la tarea de ir descubriendo es magnífica, satisfactoria. El verbo recordar no existiría si no estuviera el verbo olvidar, pues bien, recordemos y no olvidemos que la vida es tremenda en sus variantes y las personas buscavidas merecen su reconocimiento en la historia.

“No estoy borracha, soy coja”. El buscavidas, de Robert Rossen (1961).

Carmen María de Carboneros ©

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