LA FRAGUA DE MI ABUELO.

 

Saludos a todos.

 

Una fragua situada en Carboneros, mi pueblo, un pueblo pequeño donde están mis raices  y las de mis antepasados, colonia de Sierra Morena y en ella situada la única fragua , la de mi abuelo.

La fachada de la fragua de mi abuelo era grande, situada en una calle de fácil acceso muy cercana a tres de la decena de fábricas de aceite que existían en Carboneros en aquellos años , tenía un gran portalón de madera, flanqueado en la parte superior por unos grandes ventanales con unos recios barrotes, sencillos, sin florituras en su forjado, pero que cumplían su cometido de proteger la fragua. El portalón de madera estaba dividido en dos hojas que se abrían al comenzar la jornada de trabajo, de par en par, dando paso a toda persona que necesitara los servicios de un herrero, desde la señora que necesitaba que se le restañase una olla, el encargo de unas rejas para un nuevo hogar, hasta convertir láminas de hierro en herraduras para que los animales de carga estuviesen en un punto óptimo y las tareas del campo se pudieran realizar.

Una vez abierta la fragua, te encontrabas el yunque de herrero, esencial instrumento de trabajo, a una altura considerable, para una niña como yo, coronando una columna de madera con unos asideros a media altura de los cuales pendían los distintos martillos necesarios para forjar. El suelo del que se levantaba el yunque, tenía un color metálico que era pisoteado constantemente, y dependiendo de la atención que le prestaras, brillaba más o menos, pues aquella mezcla de tierra y partículas de hierro,era fruto de golpear el metal incandescente con martillos y la fuerza de unos brazos musculosos, hechos a base de tradición, constancia y responsabilidad.

Justo detrás estaba el fuego, la chimenea, la fragua, el corazón donde las altas temperaturas cambiaban de color cualquier metal que las tenazas introdujesen en sus brillos hipnotizadores, siempre prendiendo el carbón amontonado, siempre enrojecido y blanqueado por la acción de la calor, ardiendo a petición del herrero, y avivado por el soplido de un fuelle gigante, tanto en su tamaño como en la cantidad de aire que podía albergar en su interior. Del fuelle pendía una cadena acabada en una anilla grande, que era un asidero, en donde las manos se prestaban a tirar de ella para que ese fuego chisporroteara y la fragua brillara una vez más.

De niña he agarrado muchas veces ese asidero con mis manos, tirando de la cadena, de la cadena de aquel fuelle siempre dispuesto a soplar que parecía estar volando, pues estaba suspendido en el aire y sujeto a las vigas del alto techo por cadenas que a veces y dependiendo desde el lado desde el cuál mirases no se veían, dando una visión errónea de amarre del fuelle. Siempre era muy llamativo de ver, su tamaño era descomunal.

Visitaba a mi abuelo en la fragua cuando no había colegio, y pasaba con cuidado detrás de los animales, en silencio, para no asustarles, no pisar una boñiga, y que por supuesto no me soltaran una coz, pues era el único acceso a la fragua.

El ruido del martillo golpeando el hierro incandescente contra el yunque, marcando los agujeros que atravesarían los clavos que fijarían, las herraduras a los cascos , y el sonido que producía al sumergir el hierro forjado en agua fría, para herrar “ a las bestias de carga “  o    “ de paseo “ era todo un espectáculo, y se creaba un soniquete rítmico acompasado, según la zona del yunque golpeada, y la cantidad de martillos y martillazos, usados y dados en cada trabajo.

Todas las paredes de la fragua estaban hechas de piedra, los techos eran muy altos sostenidos por vigas de madera y siempre tenía la temperatura perfecta. Era muy grande y tenía caminos que te llevaban a distintos montones donde se acumulaban los tipos de metales para ser trabajados. Sobre el banco de trabajo, había muchos carteles de películas, anclados a la pared por clavos, con colores muy de la época,inclinados por el paso del tiempo, pues era un clavo por cartel y nada más, ahora serían carteles vintage.

Una pared con muchas herramientas dispuestas en orden y tamaño por mi abuelo. Clavos, cajas de cartón, cajas de madera, tornos, estaño, sobre un banco de trabajo, y mucho trasiego de gente, siempre se oía hablar en la fragua, sino hablaban las personas, hablaban los martillos y el yunque.

Los burros, mulos y caballos esperaban con tranquilidad en la calle, sus riendas estaban amarradas a las anillas de hierro que pendían de la pared para tal menester, y era habitual ver varios animales muy serenos esperando a ser “ calzados “, pues ya sabían que mi abuelo era el mejor herrero que jamás podrían tener sus cascos y por ello no desesperaban.

Mi abuelo un hombre alto, delgado y muy fuerte, con su mandil de cuero, era un deleite verlo trabajar, incansable, muy afable, el mejor herrero del mundo, y su fragua la más bonita y luminosa, y lo digo yo que soy su nieta “Maria” y desde muy niña anduve en aquella fragua observando el trabajo de mi abuelo, y prestando mi ayuda aunque fuese momentánea, para colaborar a que el fuelle avivase el fuego, o incluso estorbando a veces, pues mi curiosidad era insaciable y quería ver y escuchar a todo aquel o aquella persona o animal que la frecuentase.

La fragua de mi abuelo, era la única que existía en el pueblo de Carboneros, colonia de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena  y era conocida en todos los alrededores por su buen hacer y su buen trato, tanto a las personas como a los animales a los que les cuidaba sus cascos, con las herraduras que forjaba a medida, pues era muy meticuloso en su tratamiento y en la limpieza del trabajo .Herrero por tradición familiar, pasando el oficio de padres a hijos sin saltar ninguna generación,  pues el primer colono del apellido Casas, era herrero también y se llamaba Juan Casas.

Francisco Casas Nef, el herrero de Carboneros, mi abuelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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